TU FUI, EGO ERIS
Érase una vez, un monstruo que vivía a las puertas de un pueblo. Era un monstruo muy malo que daba mucho miedo.
Atrapaba a la gente y la aplastaba con sus grandes dientes.
A los vecinos del pueblo les asustaba el monstruo, y nadie se atrevía a acercarse a las puertas. Todos se quedaban dentro del pueblo.
Cuándo el rey se enteró de esto, mandó Lamar a sus caballeros. Los caballeros cabalgaron dispuestos a matar el monstruo, cuando llegaron sus espadas acuchillaron y sus lanzas arrojaron, pero el monstruo no moría.
El monstruo se hecho a la boca los caballeros, uno a uno, incluidos los caballos.
¿Que iba a hacer el rey? Se inquietó i se preocupó y caminó nervioso, pero no hallaba solución.
Poco después, la sacerdotisa del pueblo acudió al castillo. Era una persona buena y amable. El rey le pidió que derrotase al monstruo que vigilaba las puertas.
La sacerdotisa aceptó la petición del rey y se dirigió a las puertas del pueblo. Al ver al monstruo, trató de convencerlo con palabras en lugar de matarlo.
-¡Cierra el pico! ¡Te voy a comer! - Dijo el monstruo.
El monstruo no escuchó una sola palabra de lo que la sacerdotisa dijo, pero ella seguía intentando convencer al monstruo.
-No esta bien comerse a la gente, sabes. – dijo ella.
El monstruo se enfureció al oírla y la atacó, matándola de un solo golpe.
E rey y sus súbditos derramaron lágrimas al morir la amable sacerdotisa. Entonces Dios se apiadó de ellos y concediéndoles sus deseos, curó a la sacerdotisa.
La sacerdotisa abrió los ojos, como había echo cada mañana de su vida, y volvió una vez mas a la guarida del monstruo.
-¡Estúpida! ¿Quieres morir de nuevo? – le dijo extrañado de su presencia.
-No, esta vez te toca a ti.
La sacerdotisa había ido a derrotar al monstruo de una vez por todas.
La sacerdotisa al ser tan amable, sintió tristeza por tener que cumplir con su tarea, pero había que hacerlo.
-Las espadas y lanzas no servirán, las flechas rebotaran. No puedes matarme – dijo entre risas el monstruo.
Pero la sacerdotisa no uso ni espada ni lanza, si no que entonó un único hechizo.
-TU FUI, EGO ERIS.
De repente el monstruo soltó un enorme grito y luego murió y desapareció.
Y de este modo los aldeanos pudieron utilizar una vez más sus puertas. Todos le mostraron su gratitud a la sacerdotisa, y vivieron felices por siempre jamás.
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